jueves, 29 de octubre de 2015

MURIEL COLLIGAN

     


    Nacida en Doonberg, una pequeña localidad costera del Oeste de Irlanda, su infancia fue marcada por la impronta de una familia desestructurada, con un padre alcohólico y maltratador, dos hermanos en la cárcel tras ser interceptados en el puerto con un cargamento de tabaco de contrabando y una madre con depresión crónica diagnosticada. El fracaso escolar fue ese poderoso estigma que la condujo casi irreversiblemente hacia el puesto de pescadera que regentó durante varios años en la lonja del pueblo. Conoció a Dermot O'Reilly, un prometedor joven de Galway con ademanes de galán y una ambición desbordante para lo comúnmente aceptado en el condado de Clare. Aquel joven vendedor de seguros, de quién se enamoró perdidamente logró, sin demasiadas dificultades, convencer a Muriel para abandonar su particular nube gris y buscar el estimable rayo de luz vital en la ciudad de las oportunidades, Londres. Muriel dejó tras de sí muchas de las razones que la hacían sentir infeliz, exceptuando a sus amigos y a su madre, a quien prometió arrancar de las zarpas de su propia negrura cuando su vida con Dermot adquiriera ciertos tintes de estabilidad. Aquel idílico plan se esfumó como la espuma pocos meses después cuando su madre falleció por culpa de una embolia fatal. Muriel se repuso lentamente bajo el abrigo de aquel hombre inquieto y afable que prometía una vida mejor para ambos... Después de varias viviendas en Londres, Manchester y Leeds, encontraron su pequeño nido de amor en una finca recién construida en la periferia urbanística de Sheffield. El futuro auguraba buenas perspectivas profesionales a Dermot, razón por la cual decidieron hacer su primera gran inversión comprando aquel apartamento. Una semana después Dermot murió en un accidente de trafico abordado por un camión cisterna en la carretera que une Sheffield con Dronfield. Muriel recibió una pensión vitalicia por el accidente laboral que arrebató la vida de su amado. El resto es la historia viva de Muriel, una senda de alcohol, soledad, abandono y una obsesión enfermiza... La casa.

4 comentarios:

  1. Madre mía, que historia!
    Un saludo

    ResponderEliminar
  2. Juraría que te había dejado un vibrante comentario a este tremendo relato hace un siglo. Hoy no estoy tan vibrante pero lo he vuelto a leer con el mismo gusto.
    Un abrazote

    ResponderEliminar
  3. La compro y me la llevo puesta.
    Gracias, una vez más.

    ResponderEliminar