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domingo, 29 de julio de 2012

ISLAS CANARIAS (HISTORIA DE UN PSICÓPATA) 2ª PARTE



P.D: Recomiendo leer el capítulo previo por aquello de una adecuada comprensión:


    Al llegar a San Andrés me invadió un extraño y cómodo sentimiento de refugio. Supongo que el hecho de haber vomitado significó co-lateralmente despejar mi cabeza y abrir ampliamente los poros; pero el olor a plátanos persistía en su empeño de perfumar aquella localidad escasamente iluminada. La luz en el interior de la casa resultaba cálida y confortable vista desde fuera. Mi primera sensación fue de seguridad y recogimiento, pero en breve se vio enturbiada por una sombra inquietante que cruzó al otro lado de la ventana. Lo supe nada más cruzar la puerta, tuve enseguida conciencia de que Gustavo no era sólo un tipo extraño atravesando un mal momento; sus actitudes anunciaban ya una pequeña y próxima catástrofe. El enigma a descifrar era ¿en qué momento tendría lugar el siguiente ataque?
    Viniendo de alguien potencialmente desequilibrado, la relación con su madre podía ser cualquier cosa menos estándar. Gustavo, en la cincuentena, envejecido de más y con el semblante entristecido parecía el hermano de su propia madre. La relación fraternal de la que hacían alarde no sólo era ambigua, sino enfermiza. Tal era la forma de tocarse, de acariciarse, de besarse, como amantes furtivos paladeando el incesto sin atreverse ni tan siquiera a imaginarlo... La abuela nonagenaria y con sordera, observaba la escena sentada en un butacón, me chequeó con intrigado gesto y comenzó a formular preguntas que quedaron sin respuesta, a pesar de que ella sólo quería desvelar ciertas incógnitas sobre el curioso visitante, un Melvin venido a menos. Nadie contestó a aquellas intervenciones, yo sólo podía sonreír en mi deseo incómodo de contentar a la anciana. Tras persistir repetida veces, fue increpada por hija y nieto, con un desprecio desmesurado consecuencia evidente de los años de diálogos infructíferos. Ella sumergió de nuevo la cabeza en sus pensamientos, creándose un tenso silencio de esos que sólo se pueden romper huyendo, o cenando. Me sacaron algo de comer. Mi malestar palpitaba con mi corazón en su incontrolable manifestación de desarraigo y soledad. Gustavo parecía haberse agobiado súbitamente con los excesos de la madre y la sordera crónica de la abuela. Sin más, me propuso dar una vuelta por el pueblo, sin ofrecerme la posibilidad de mudarme o respirar un instante en mi habitación mientras engullía el último bocado de aquella manzana Golden. Cortesía abrumadora a la que tendría que acostumbrarme tarde o temprano. Él me esperaba con impaciencia en la puerta. Yo sonreí de nuevo a mis desconocidas anfitrionas y le seguí sin más remedio. Descendimos las empinadas calles de San Andrés y traté de defender mi dignidad a duras penas, mientras mis rudimentarias chanclas libraban su particular batalla con la calle empedrada y en pendiente descendente. El irregular adoquinado de la calleja desaparecía ante mis ojos dando paso a un descampado oscuro y repleto de cañizos, como un túnel misterioso que ya había absorbido a mi acompañante, ya que él siempre precedía mis pasos y nunca se giró para ver dónde quedaba su acompañante. El viento soplaba con ligereza, meciendo el salvaje cañaveral y perfumándolo todo de temor bajo la pálida luz de aquella luna distante. Un angosto sendero serpenteaba en aquella inmensidad vegetal y como ratón expuesto a la mirada predadora, entré en aquella selva sin más motivación que atravesarla con presteza para alcanzar a Gustavo. Las altas hojas me cubrían por completo, el tibio sonido del viento tarareaba una melodía inquietante de esas que hielan el alma mientras la sangre bulle a borbotones y uno siente estúpidamente el peligro en sus entrañas. Visualicé a mi fugaz acompañante con un cuchillo en la mano, oculto entre las sombras, tan real como mis ansias de marcharme de allí sin pensar en otra cosa que en sentirme bien y a salvo. En momentos de esta índole desearía no ser tan fantasioso y evitar sucumbir ante mi propensión a crear pequeñas ficciones hiper-realistas inspiradas en mis demonios infantiles con nombre propio: Leather-face, Jason Voorhees, Michael Myers... En fin, que os voy a contar. Cuando salí del cañizal Gustavo caminaba delante de mi, su estampa me resultó súbitamente apacible e inofensiva después de que mi subconsciente manejara a su antojo la figura de aquel hombre profundamente extraño. Se sentó en un acantilado con los pies colgando directamente hacia el mar, me hizo un gesto pretendidamente cómplice para que me sentara a su lado y yo fui obediente, por aquello de no contrariar a quien en un momento se podría transformar de nuevo en mi mente, en un psicópata sin escrúpulos. La luz era tenue, un leve brillo en el manto oscuro del Atlántico y el agridulce sonido de las olas rompiendo en las rocas bajo nuestros pies. Recuerdo que había muchas estrellas y también que esas mismas estrellas nos llevaron a hablar de las del celuloide. El cine fue nuestro punto de encuentro años atrás y parecía un buen tema para limar asperezas. Pero pronto cometí la torpeza de alabar el espíritu crítico de Michael Moore en su "Bowling for Columbine" y fuí descarnado con la intervención de ese desafortunado Charlton Heston, apoyando el armamento doméstico. Eso pareció irritar considerablemente a mi interlocutor, que comenzó a elevar el tono con violencia y acusarme de poca sensibilidad para con la gente mayor y la gran estrella que el protagonista de Ben-Hur simbolizaba en la historia del cine. Por un momento me vi arrojado a las temibles fauces del rompeolas como una marioneta desactivada y sin autonomía. Sin embargo él se puso en pie argumentando cansancio y necesidad de reposo. Me propuso regresar a casa. No hablamos mucho en el camino. Ya no me molestaban ni las sandalias, ni el persistente olor, ni el inquietante misterio que lo envolvía todo. Sólo pensaba que aquella experiencia había comenzado con muy mal pie y que tal vez, sólo tal vez, me había aventurado en mi decisión de visitar a Gustavo en un momento emocional tan poco propicio. Pero era tarde para echarse atrás, me esperaba el recogimiento en un nido extraño y poco alentador. Su casa. Nos dimos un abrazo formal de esos que camuflan los verdaderos sentimientos y yo me metí en mi cuarto de invitados. La puerta tenía pestillo y lo eché sin pensármelo dos veces, dormí bien a pesar de todo. 

martes, 3 de abril de 2012

ISLAS CANARIAS (HISTORIA DE UN PSICÓPATA) 1ª PARTE




     Fue casi sin querer, guiado por la necesidad imperiosa de huir de mi propio dolor, tras una reciente ruptura, acabé aceptando la proposición de un corresponsal con quien compartía buena amistad. Una amistad basada en largas cartas de disertación sobre la vida, la música, el cine. De hecho fue la revista cinematográfica "Acción" la que permitió el encuentro, la magia y la necesidad de compartir, con todas aquellas extensas misivas, una experiencia que duró varios años y cuyo desenlace apoteósico conoceréis aquí a lo largo de varios capítulos. Como antecedente os diré que hubo un encuentro previo en Sagunto, en mi casa. Nada vaticinaba entonces lo que meses después sucedería.
    Como decía, recién salido de una ruptura, ocupé mi verano con viajes compulsivos (hábito que no ha cambiado un ápice desde entonces) cuyo objetivo residía en olvidar, sanear y aprender... Primero tuve la suerte de conocer a Laura, otra corresponsal nacida del mismo anuncio, residente en La Laguna (Tenerife) y con la que pude vivir una noche blanca de "puesta al día". Al día siguiente hice una visita guiada por los alrededores del Teide atravesando un misterioso bosque de Laurisilva junto a "Lobo" (Reconozco que el nombrecito le daba más inquietud al asunto) la pareja de Laura y mi guía turístico por la isla mientras ella trabajaba. Por la tarde comimos juntos y ambos me acompañaron al puerto de "Los Cristianos" (al sur de Tenerife) para coger el ferry que me llevaría a la isla de la Palma, donde me aguardaba mi amigo Gustavo. Del afecto inesperado de la cálida pareja, zarpé rumbo a una isla desconocida como el que viaja a un mundo que no existe sino en el imaginario. El mar estaba picado, mi intento de ver la silueta de "La Palma" se vio frustrado por un brote de nauseas que me obligó a refugiarme en el hall al abrigo de la intempestiva conducta del mar y los vientos Atlánticos, con mi cara más verde que la del Grinch, contemplando las catastróficas consecuencias de permanecer en el exterior que tuvo para una familia germana, cuya niña vomitó contra el cristal su sandwich de jamón y queso (Sí, sí, viví todo el proceso) Gratos recuerdos. Mi estado vegetativo con toques de lechuga perpetua había dado paso a un, no menos interesante tono facial blanquecino y malva en las cuencas de los ojos. Me sentía como recién salido del "Dragon Khan" después de comer cuatro platos de fabada. Afortunadamente habíamos alcanzado la costa, estábamos en Santa Cruz de la Palma y Gustavo esperaba impaciente la recogida de su tripulante descompuesto y esforzado por resultar agradecido. Yo sólo quería subirme al maldito coche, llegar a una maldita casa y vomitar o dormir, cualquiera de las dos opciones me resultaban estimulantes. Como imaginaréis no estuve muy comunicativo en el trayecto, pero aún lo estuve menos cuando subí en aquel coche de alquiler (Su 4x4 estaba reparándose en un taller y días después entendería por qué) y vi, para mi sorpresa, que se saltaba dos semáforos en rojo de la Avenida principal de la ciudad, volando como el que huye de la policía en uno de esos videos de persecuciones americanos. Nuestro destino: San Andrés. Por delante 12km de curvas, subidas y acantilados al más puro estilo "Montecarlo" y yo recordando a Grace Kelly por aquello de situarme en un contexto conocido y real ¡Qué horror! Pocas veces en mi vida me he sentido peor. Y él que preguntaba constantemente G-¿Pero te pasa algo? M- No, ya te he dicho que ando un poco mareado ¿Te importaría ir más despacio? G- Es que estás muy raro. M-No me encuentro demasiado bien ¿falta mucho? G- Unos 10km M-¿Y son todos así? G- Las curvas sí, pero luego bajaremos, no te preocupes.
    La noche está estrellada y ni siquiera puedo imaginar que su belleza me sustraiga de la incómoda situación. Bajo la ventanilla para respirar un aire menos adulterado y me viene una bocanada de olor a bananas ¡Dios, resultaba insoportable! Vuelvo a subir la ventanilla. Me veo desde fuera, en mi ridículo empeño de olvidar mi dolor sufriendo un nuevo e inesperado trauma que habla de palmarla, o en el mejor de los casos, de sufrir un accidente junto a un tipo que apenas conozco y que resulta arisco e impertinente. M-Por favor ¡Puedes ir más despacio! G-Sólo voy a 70 M-¡No se puede ir a 70 por aquí y no me encuentro bien! En ese momento hace ademán de encender las largas y accidentalmente apaga las cortas. Circulamos sin luz durante dos o tres segundos, que se me hacen eternos. Pega un frenazo y siento que llega un posible y nefasto desenlace, mientras miro a mi derecha los 300 o 400 metros de caída que me separan del mar. Ahora pienso en "Thelma y Louise". Encuentra de nuevo las luces, retoma el camino y el silencio se adueña de aquel espacio cargado de tensión y malas energías. Al comenzar el descenso le pido que se detenga para poder vomitar. Al principio se muestra reticente G- Llegamos tarde para cenar, me dice... Yo ya no tengo ganas, ni fuerzas para una réplica y le devuelvo mi peor cara. Se detiene en una especie de observatorio con miras a un gran precipicio. Suena el mar rompiendo contra las olas bajo mi cabeza. Vomito y siento que me vacío de las cosas malas que he sentido en el trayecto, pero no es más que un pensamiento... G-Es que te muestras muy extraño, como si no te hiciera ilusión verme y estar aquí- me dice en un tono cargado de mil y un detalles ajenos a mi existencia. Yo le miro mejor, le sonrío como puedo y le manifiesto mi buen espíritu y ganas de estar allí, en su pequeño rincón del mundo. Pero en el fondo pienso que estoy en un lugar desconocido, junto a un ser desconocido emborrachado de ese aroma a plátanos tan característico y detestable. Al fondo en el horizonte se vislumbra San Andrés. G- Vamos, que mi madre estará preocupada.